viernes, 15 de octubre de 2010

EL SUEÑO DEL ONIRONAUTA

El mundo de los sueños, es el lienzo donde la imaginación plasma tus inquietudes y anhelos, fantasías y todo pensamiento que seas capaz de albergar. Puedes vivir a través de este estado inconsciente de la mente, cualquier tipo de experiencia que vivirás, con los 5 sentidos y con la misma intensidad que tu propia vida. Mientras estás soñando, puedes sentir con absoluta claridad: Dolor físico, angustia, alegría y tristeza, miedo, pasión y todas las sensaciones que es capaz de percibir el cuerpo humano.
De entre todas las etapas del sueño, mediante las cuales nuestro cuerpo y nuestra mente, obtienen el reposo y la recuperación fisiológica y psicológica necesaria, es la fase REM, donde nuestro organismo experimenta una mayor actividad. Aumenta la presión sanguínea, las pulsaciones por minuto, la respiración y es apreciable un movimiento rápido de ojos (de ahí su nombre en inglés: Rapid eye movement: REM)
¡Estás soñando!
Desde que tengo memoria, recuerdo mis propios sueños como algo muy vívido e intenso. A menudo de niño, estos eran en forma de pesadilla y no pocas veces, me he despertado en medio de la noche, completamente empapado en sudor y aterrorizado.
Huía de Zombies, vampiros y todo tipo de seres imaginarios, algunos más reales. Corría por los tejados de mi ciudad o directamente, volaba sobre ellos para escapar del peligro.
Sobre este tipo de sueños en concreto, hay dos detalles importantes que creo, marcarían el resto de mis noches, durante buena parte de mi infancia y juventud.
La posibilidad de volar y la caída desde lo alto de algún edificio.
Es la primera, la de sobrevolar los cielos, la que mayores satisfacciones me produjo. No solo era un mecanismo de fuga si no que además, me permitía simular esa maravillosa experiencia imposible, con la que todos hemos “soñado despiertos” alguna vez en la vida. No era exactamente un vuelo libre, es decir, si que despegaba a “voluntad” (Hecho que explicaré posteriormente) o cuando era necesario. Era como si mi mente estuviera entrenada para sortear los peligros, como un pájaro. A lo que me refiero, es que no conseguía mantener el vuelo durante mucho tiempo, ni elevarme a la altura deseada. Era más bien una especie de planeo: Subía, avanzaba unos cuantos cientos de metros por el aire y luego, descendía irremediablemente. No podía alcanzar las nubes casi nunca, ni prolongarlo el tiempo deseado. Era como un precio a pagar por tan sublime don. Como un poder limitado, un juego marcado por unas reglas que no podía saltarme en forma alguna. Solo una vez logré superar la atmósfera, la estratosfera y alcanzar una especie de planeta rosado, con montículos y túmulos cilíndricos, similares a las construcciones de las termitas. Ese fué un sueño único, espectacular. Atravesé la galaxia y alcancé un viejo anhelo, una fantasía recurrente de mi infancia. En fin, al final los monstruos, volvían a alcanzarme casi siempre. Es por esto, que la segunda posibilidad inverosímil, era completamente necesaria como último recurso.
La caída desde alguna altura improvisada del terreno o edificio circundante.
De esta forma, casi siempre conseguía despertarme y huir, o regresar del más allá, de mi Mordor particular.
He de aclarar que no siempre encontraba estos recursos a mano, ni tampoco conseguía volar, o tan siquiera despegar. Así que de vez en cuando, recurría a lanzarme de cabeza contra algún muro y esto también funcionaba (a veces) es entonces cuando se producían situaciones entre dramáticas y cómicas, nada agradables.
El primer sueño que recuerdo lo tuve con a penas 5 años de edad. Menos en realidad y si, hablo en serio. No alcanzaba los 5 años y recuerdo esto porque es un sueño que me marcó y que mi madre recuerda. Mis dos profesoras de guardería, en Hamburgo, más o menos en 1979, flotaban en mi habitación en forma de espectros semitransparentes de color azul y con colmillos. Mi hermana y yo, dormíamos en literas, yo en la de abajo pues era el más pequeño. Yo lo recuerdo como una alucinación porque me levanté asustadísimo y subí a dormir junto a mi hermana. Al día siguiente me desperté arriba. Esto lo hacía a menudo, por lo visto. Mis dos profesoras avanzaban hacia mi cama, sentadas como si fueran un grupo de música, una de ellas tocaba la batería (ridículo pero es lo que hay). Tengo el sueño aún fresco hoy en día, bastante nítido pero también es posible y lo más probable que sea porque mi madre me lo haya recordado en más de una ocasión.
He soñado también con ángeles y con el cielo, o la imagen que todos tenemos de él, No todo eran pesadillas. Recuerdo una vez que monté sobre una especie de Dragón y me elevé por encima de la muralla Romana de mi ciudad. Aquí ya estaba viviendo en Lugo. El exterior de la ciudad cambió completamente. Era un bosque otoñal precioso y fue una de las únicas veces donde la capacidad de volar, en este caso gracias a mi montura, se prolongó durante casi todo el sueño. En otra ocasión y casi en el mismo lugar, es decir, en la salida de la muralla que da a la Ronda, en frente al antiguo 18 de Julio, atravesé caminando el arco de piedra, saliendo al exterior del casco Histórico. Todo estaba nevado y no había casa alguna a la vista. Delante de mí, se extendía una basta extensión de hielo y rocas que iban a terminar, a varios kilómetros de distancia en una enorme meseta elevada que se perdía en el horizonte y entre las nubes.
Noté el viento helado que soplaba con fuerza y parecía atraerme hacia esa llanura blanca. Avancé despacio, creo que con miedo pero no lo recuerdo, puede incluso que estuviera tranquilo o excitado. A medio camino entre mi ciudad y aquel mundo extraño e irreal, vislumbré una figura humana, de espaldas a mi, sentado en la nieve con las piernas cruzadas y completamente inmóvil. Parecía contemplar a la montaña que "teníamos" enfrente, inerte, paciente y extrañamente hipnotizado, al igual que yo con su presencia. Me acerqué lo suficiente para verlo con claridad. Llevaba uno de esos viejos anorak de poliéster azul marino, de explorador del ártico o algo similar, de los de capucha y forro acolchado y cremallera con tapeta.
Giré a su alrededor muy despacio, con precaución y curiosidad. Lo que vi, su rostro juvenil, completamente congelado y con los ojos abiertos y sin vida, me dejaron absolutamente perplejo y desencajado, tanto que desperté de repente.
El hombre o la figura que estaba ahí sentado, como “esperándome” más allá de la fría muerte, era yo.
Puede que todo esto y más con el tono novelesco con el que lo describo, resulte imposible de creer por la cantidad de datos que proporciono y supongo que para algunos también, por el surrealismo del relato. Pero os garantizo que todo es completamente cierto, hasta el más nimio de los detalles y el más increible de los aspectos que estoy describiendo. Forman parte de mi memoria y mis recuerdos, por eso son Sueños, ese estado inconsciente de la mente que dibuja escenas improbables, fantásticas y etéreas, que se evaporan como la bruma, dejando en su lugar, la escarcha y el rocío de la mañana.
Podría estar contando durante horas experiencias nocturnas similares, ensoñaciones más reales o lógicas y en otros casos, aún más extrañas pero creo que no es importante, al menos, no tanto como el último capítulo de mi historia.
El sueño lúcido y el mundo de los onironautas.
Continuará…